Hacia El Primer Encuentro Mundial de Ignorares

lunes, 25 de octubre de 2010

EL LADRON DE CREPUSCULOS


RESEÑA DE VIDA

Ramón Augusto Mendoza Cedeño, venezolano, nacido en Quiriquire estado Monagas el 12 de septiembre de 1953, ha ejercido diversos oficios, limpiabotas, carpintero, diseñador gráfico, actualmente se desempeña como promotor cultural en la Universidad de Carabobo. Fundador y director de los periódicos: La Vega Dice, El Serrucho (Caracas) El Guaritoto Peludo, (Maturín Estado Monagas) El Benemérito, El Quelonio de la Corbata Roja, El Cayapo (Valencia estado Carabobo)

Autor de los libros: “El ladrón de crepúsculos y la reina que se comieron los cochinos engendraron a panchón el fenómeno mientras volaba la iguana y cantaba el piapoco”, “El socialismo de carne y hueso”, “Sones de negros en La Primavera” y en colectivo: “Escritos para sabernos”.

EL CANTO DEL PIAPOCO

Esto no hubiera pasado, seguro estabas que esto no hubiera pasado, por lo menos así como pasó, si tú hubieras sido doctor o abogado, como pensabas cuando estabas chiquito y estudiabas tercer grado en la escuela del pueblo; y Petra te preguntaba qué querías ser cuando llegaras a grande y le decías que doctor o mejor abogado como Romerito, para ganar bastante rial y comprarle una casa grande, con un patio grandísimo donde ella pudiera criar sus gallinas y sus cochinos para diciembre y sembrar el maíz, el aguacate y el vinagrillo, para que no siguiera lavando y planchando para la gente de la calle porque eso la iba a matar un día de estos, si señor, claro que, tú no ibas a ser como Romerito que después que se graduó se olvidó de la pobre vieja que lo crió a fuerza de vender empanadas en los portones de la compañía, pero Petra te miraba y le entraba como una tristeza rara, porque ella como que presentía que ese no era tu destino. Porque en los pobres son muy raros los casos en que se dan doctores y a lo mejor ella tenía razón, porque esa inteligencia tuya se quedó en tercer grado, en los pupitres orinados, en los reglazos de la maestra, en las páginas mojadas por tus sueños, en los pocillos llenos de pan y guarapo de café con papelón, en las alpargatas suelaegoma gastadas en el hirviente asfalto y las piedras de la calle, en todos los medios días en que regresabas a la casa cargado de hambre y con ese estómago pegado al espinazo y sin nadita en la mente, porque la maestra decía que tú eras una tapara, un coco lleno de agua, un bruto, un bueno para nada y todas esas cosas que se te fueron pegando de la mente como pegostes de brea y que no te han dejado decir, sino que tú no estudiaste por flojo y todo lo demás que se te ocurre cuando estás borracho .

Ahora lo único que se te ocurre es recordar, porque esos recuerdos se dejan venir solitos, sin que nadie los llame, apurándose, empujando, queriendo salirse todos a la vez, para no molestarte más, para dejarte tranquilo y livianito como cuando terminabas de hacer el amor con La Escopeta, aquella mujer que llegó a Caracas detrás de una ilusión, pero después que la dejó quien la trajo, lo único que se le ocurrió fue meterse a puta. En estos recuerdos te miras corriendo duro, durísimo, viendo y jugando con los postes de la luz a quienes mirabas correr en la otra acera hasta que llegabas a la casa llevando el medio de tomate y cebolla, la cabecita de ajo y la panela de jabón azul que Petra te mandó a comprar en la bodega de Lencho, porque él era el único que cuando ella estaba sin una puya le fiaba, que era la mayoría de las veces y entonces cuando ella cogía unos rialitos sabía ser agradecida y siempre te mandaba a comprar allá y eso a ti te gustaba porque aún cuando era fiado, Lencho religiosamente le echaba el granito de maíz a la botella que tenía tu nombre y cuando se llenaba, él te regalaba una sorpresa, unos cambures y un golfiado bien grande, regado con bastante azúcar.

Y los recuerdos se van hasta aquellas tardes calurosas en las que Petra no quería lavar y entonces te llamaba y se sentaba en una silla, debajo de la mata de almendrón frente a la casa, agarraba tu cabeza, se la metía entre las piernas y comenzaba a escarbártela y a sacarte piojos y liendras y a veces hablaba que la gente era cochina, que uno podía ser pobre pero no cochino y que qué le costaba a la gente mandar los muchachos a la escuela pobremente, con sus alpargatas y sus ropitas, aunque fueran remendadas, pero limpia, y así, mientras te sacaba los piojos seguía hablando toda la tarde hasta que a ésta se le antojaba irse y darle paso a la noche. Otras veces hablaba de cosas más bonitas, de personajes misteriosos que vivían en una tierra también misteriosa, que era la tierra de donde ella era y en donde había pájaros rarísimos con plumas que cada una tenía un color distinto y con los picos más largos que una culebra bejuca, pero durísimos y que cantaban bien bonito en aquellas montañas en donde había árboles que pegaban del cielo y donde los ríos eran más claritos que una piscina y se podía ver en el fondo un mediecito de plata y cuando los rayos del sol penetraban por entre los árboles entonces era que aquello se ponía más bonito porque las Coscorobas, los Querepes, las Guabinas y las Guaraguaras se guindaban de esos rayos de sol y comenzaban a tener muchos colores y les salían plumas y se iban volando por esas montañas que quedaban en esas tierras de donde eran los familiares de Petra y según cuenta la gente que sabe, que Petra viene siendo familia de los Waraos y eso es un enredo grandísimo porque ni siquiera la misma Petra sabe quién era su papá, lo único que alguien le dijo una vez, era que su papá tenía los ojos azules y por eso era que ella tenía ese color y esos ojos así, pero eso fue hace muchísimo tiempo, mucho antes de que Marcelino Cedeño llegara con los sismógrafos a buscar el petróleo en ese pueblo tuyo que después que se lo chuparon con aquellos balancines que parecían unas Angoletas de lo negro que eran lo dejaron ahí, tirado como quien se chupa una caña y bota el bagazo en cualquier parte del camino sin importarle quien lo pise. Pero después que Petra se quedaba callada, mirando, pero sin mirar nada, como tratando de ver en el pasado algo de todo lo que había contado, era cuando a ti te daba por pensar que todos esos animales, montañas, pueblos y personas no eran más que cosas inventadas por Petra, así como para matar el tiempo, era por eso que le preguntabas en dónde quedaban y ella se ponía medio misteriosa y decía que eso ya no existía así y entonces empezaba con otra historia y te decía que a esos pueblos un cura les había echado una maldición grandísima, porque según dicen, la gente vivía y no les hacía falta los curas para nada, y cada vez que los veían pasar entonces a las personas les daba aquellas ganas de reír, pero no porque les estuvieran faltando el respeto, sino porque ellos pensaban que esos señores llegados de otras tierras se habían quedado con el disfraz puesto del último carnaval y fue por eso que uno de los curas se puso bravo y dijo que cuando el Piapoco cantara tres veces el pueblo sería arrasado por las aguas, y una tarde, después del canto triste del Piapoco, comenzó a llover y las aguas de los ríos se unieron toditas y empezaron a tapar a los pueblos con todas las piedras que arrastraron y las casas también se volvieron piedras grandísimas y la gente no se ahogó sino que se convirtieron en Duendes y son los que cuidan las aguas y los peces de los ríos. Después que ella terminaba, a ti se te olvidaba si eran inventados o no, y entonces le decías que te contara sobre el hombre que llegó de noche y ella te decía que otro día...

Y otro día fue que empezó todo, y corre aquí y agarra allá y amarra esto. y dile a Lencho que te regale unas cajitas, y aquí las ollas y allá los platos y esto y lo otro y apúrate que ya llegó el camión de la mudanza, y tú y tus hermanos montándose atrás y esa lloradera tuya, pero tú no recordabas que Petra decía que los hombres no lloran y tú nunca te hubieras explicado porqué llorabas, porque, de verdad no te dolía ni la barriga ni los huesos, ni la muela, ni la cabeza ni nada, pero era que esas lágrimas se salían solitas sin que nadie las aguantara y fueron regando toda esa calle, pero tus hermanos más grandes sí estaban contentos porque iban jugando a quién contaba más taladros, que fue lo único que dejó la Compañía, pero tú ibas llorando con el mismo dolor con que llorabas la vez que le diste la pedrá a un tucusito y después que estaba en el suelo te dieron esas ganas de llorar porque te acordaste que Petra decía que no se debía matar a los pajaritos, porque según ella, eran hijos de Dios y tú con ese miedo a que Dios te castigara, porque tu abuela decía que Dios castigaba, y por eso era que tú siempre preferías tirarle piedras a las angoletas porque esas eran negras y tu abuela decía que el diablo era negro y como las angoletas eran negras debían ser hijas del diablo y como el diablo nunca castigaba ni te obligaban a rezar por él, tú no le tenías mucho miedo, sólo cuando tu abuela -que era muy cristiana- le daba aquellas palizas a tus hermanos y a ti te daba miedo porque Petra decía que era que tenía el diablo adentro.

Y desde ese viaje ya no hubo más cuentos, ni historias, ni nada, porque Petra no tenía tiempo para nada, porque en esta ciudad el tiempo se va muy rápido y no queda tiempo ni para sacar piojos aunque de todas maneras ya tú no tenías piojos porque ya eras grande y un día Petra habló con Melquiades, el albañil que vivía en el rancho de al lado, para que te llevara a trabajar con él y eran las cinco de la mañana y ese frío se te metía en todo el cuerpo y tú tenías quince años y querías seguir durmiendo pero Melquiades nunca llegaba tarde y ya Petra tenía preparado el café y la arepa con mortadela y huevo, y tú con esa flojera y esas ganas de no pararte, pero siempre te parabas y te ibas con Melquiades a pelear por agarrar el autobús, y llegar a esos lugares lejísimos en donde había unas quintas que eran más grande que diez ranchos juntos de los que había en el cerro, y empezabas a batir mezcla y a cargar arena y sacos de cemento, y siempre apuraíto, porque al italiano no le gustaba el manguareo y cuando pasaban por tu lado aquellas muchachas bien bonitas que vivían por ahí, tú te quedabas como lelo viéndolas, entonces el italiano te regañaba y tú volvías de nuevo a cargar rapidito la carretilla y Melquiades lo que hacía era reírse de ti y después te decía que tenías que aprender el oficio porque si no, te iba a pasar como al hijo del gocho que se metió a malandro y una noche le dieron un puño de tiros en las escaleras y a llorar al valle, pero tú sabías que no ibas a ser malandro, tal vez porque a Petra no le gustaba y a lo mejor cuando las cosas cambiaran, tú ibas a ganar más rial, y tal vez estudiarías cualquier cosa; pero el tiempo pasó y las cosas no cambiaron, sólo cambiaron tus manos que se llenaron de callos y tus músculos que se pusieron duros y esos malditos dolores en todo el cuerpo y ya tú eras un albañil cuando te diste cuenta que Petra de tanto lavar se fue poniendo flaquita, flaquita como un silbido de culebra y ya estaba en el hueso, y esa fumadera y esa tosedera y tú jugando le decías que se la iba a llevar el viento un día de estos, pero ese día no llegó, porque primero llegó la muerte y la encontró en esa cama que ya no era cama y se murió así como una angoleta, como con un dolor, porque los ojos se le quedaron abiertos y estaban tristes y como llorando y tú con esa rabia y esa echadera de tierra sobre esa urna y con esa rasca encima y pensando que Petra no iba a tener su casa grande con sus gallinas y sus cochinos y todo, como tú pensabas cuando eras un guaricho y querías ser doctor o abogado.

LA SANTA

Ahora ¿ves? como son las cosas José Isabel, tú la viste crecer desde chiquita, más de una vez dijiste que la muchacha iba a ser bonita. Recuerdo que por las tardes te sentabas frente a su casa y te dedicabas a jugar con ella contándole de vez en cuando aquellos relatos -porque siempre fuiste un gran contador de esas historias que hoy ya nadie cuenta- de fuentes y de árboles que hablaban, de animales feroces que al encanto de una niña se amansaban y de todas esas cosas maravillosas que cuando uno está pequeño le gustan tanto. Así la fuiste viendo crecer, hasta que tenía trece años, entonces te diste cuenta que se había desarrollado, porque los pezoncitos de las tetas parecía que se le querían salir corriendo hacía donde tú estabas y las nalgas ya no eran las de una niña, mucho menos su cuerpo, que como decía Nicasia López «esa muchacha es toda una mujercita, con ese cuerpo que tiene es mucho el dolor de cabeza que le va a causar desde temprano a María Mercedes».

Fue por aquellos días cuando tú empezaste a tener esos sueños extraños que te causaban placer y pena a la vez, tanta pena te daba que al otro día no querías ni mirarla, porque a pesar de todo a ella seguían vistiéndola con esos vestidos de muchachita que tan graciosa hacíanla parecer.

Quizá era por eso que te sentías tan mal porque en las noches de sueños eróticos la mirabas correr desnuda con los brazos abiertos como buscándote por aquella sabana que parecía encantada en la cual tú te acercabas para abrazarla y hacerle el amor con un desenfreno tan inusitado que al otro día amanecías mojado con tu propio semen, maldiciéndote hasta la saciedad, repitiéndote mentalmente que estabas loco.

Pero así son las cosas José Isabel... Ya por último te acostumbrastes a mirarla cuando ella estaba pensativa; tú te hacías la ilusión de que ella pensaba en ti o por lo menos en tus historias de fuentes y de árboles encantados, eso quizá te hacía sentir aliviado. Pero ya ella tenía quince años ¿entiendes? ¡quince preciosos años! y ya no pensaba en fuentes y animales ni nada de esas cosas de cuando niña porque para ella -y tú tenías que saberlo- pasaron a ser un lindo recuerdo. Para que tú veas, ella pensaba en el hijo del bodeguero de la esquina, lo pensaba como hombre, lo deseaba en sus sueños, exactamente como tú la deseabas a ella.

Ella lo veía venir desnudo, lanza en ristre apuntándole donde ella quería que le apuntara y al otro día no amanecía como tú, por el contrario, lo deseaba más. Tan es así que ese día lo pasaba más contenta que otras veces.

Por eso José Isabel, fue que esa noche ella se fugó con él, a lo mejor, quien sabe, lo hubiera hecho contigo, pero tú nunca entendiste nada, porque te dedicaste toda la vida a tenerla como una santa; sin saber que ella era una mujer con todas las virtudes de todas las mujeres; sin embargo tú eres un soberano pendejo, porque en vez de estar buscándote una mujer -que ya a tu edad era hora de que la tuvieras- estas tirado en el suelo con ese tiro en la cabeza y ese pedazo de papel, que a la hora de la verdad en nada disculpa tu solemne estupidez.

EL VELORIO

A decir verdad, yo me sentía incómodo en aquel velorio, nunca me había sentido así, a pesar de que aquel velorio era como todos los velorios que se realizaban en mi tierra y que a mi me gustaban tanto, y la verdad es que yo no sé por qué. Yo sé, que hay gente a quien no le gustan los velorios, pero van a todos y todos los velorios de pobres son (a pesar de la tristeza que embarga a la familia) alegres, es decir, adentro, en la casa, se llora con dolor verdadero al muerto, pero afuera uno se divierte a más no poder, sobre todo en mi pueblo que hay grandes contadores de cuentos y chistes, además de los variados juegos de barajas, la botella, el sancocho y otros que ya no recuerdo, en donde la gente pasa sus nueve noches acompañando al muerto y a sus familiares después.

Bueno, como le decía yo me sentía un poco mal, acostado dentro de aquella urna, que en honor a la verdad era una urna para pobre, pero que mis parientes y amigos habían tratado de que fuera la más fina, cosa que les agradezco, aunque uno muerto es poco lo que puede agradecer. Yo miraba a todos los que estaban alrededor de mi urna y hasta me daban ganas de reír al ver que hasta la vieja más chismosa del barrio (la cual más de una vez habló mal de mí) le decía a mis familiares: «Ay pobrecito, tan bueno que era él, que Dios lo tenga en su gloria» hay que ver que hay gente bien hipócrita en este mundo.

Cuando estaba pensando en lo hipócrita, que era la chismosa, entró «él», se le veía un poco triste, «él» mi amigo, mi querido amigo.

¡Cuántas veces fuimos al río cuando pequeños, y como gozábamos bañándonos! Recuerdo la vez que fuimos a las seis de la mañana antes de irnos al liceo, ese día estaba crecido el río, pero nosotros muchachos al fin, no le teníamos miedo, además teníamos fama de buenos nadadores, pero ese día cuando nos tiramos el primer clavado y salimos a la superficie, los dos a la vez miramos una caja que flotaba en medio de la corriente, en principio nos alegramos e inmediatamente yo me lancé a buscar la caja, la agarré, entonces le dije: «Agárrala que te la voy a tirar» y se la lancé, cuando él intentó agarrarla, la caja desapareció en medio de las aguas café con leche del río, en seguida nos lanzamos hasta el fondo, pero por más que buscamos no la encontramos, nos vimos y en nuestras caras se reflejó el temor, los dos estábamos pensando en lo mismo: era un encanto del río que nos anunciaba algo malo. Salimos de sus aguas, nos pusimos nuestras ropas y sin decirnos nada echamos a correr por todo el camino que conducía a nuestras casas. Desde ese día perdimos la costumbre de irnos a las seis de la mañana al río. Pero esta es una de las muchas cosas que hicimos juntos, cuando peleábamos siempre lo hacíamos en pareja, casi nunca perdíamos. Para limpiar zapatos, siempre partíamos por la mitad, es decir, para todo era como si fuéramos uno solo, es más, la gente nos creía hermanos. extrañamente nos parecíamos.

Así transcurrió el tiempo hasta que crecimos y cada uno empezó a hacer sus propias cosas, cada uno tenía su novia, trabajábamos por separado, casi no nos veíamos, sólo los sábados en una esquina en donde nos dedicábamos a contarnos nuestras cosas, echándonos una cerveza y recordando tiempos pasados. A eso en verdad se reducía nuestra amistad, pero yo sabía que él era mi amigo de siempre en el cual yo podía confiar y pienso que él pensaba lo mismo. Tan es así que un día en que estábamos tomando una cerveza en una esquina del barrio él me dijo: mira, vale, quiero decirte algo, y yo le dije: dime pues, ¡que! ¿te vas a casar? le agregué en forma de broma, entonces él me dijo: No vale, lo que pasa es que me voy a meter a policía, tú sabes, yo no gano mucho donde estoy, además no tengo un oficio y tú sabes... yo lo miré extrañado y hasta me dio lástima, pero en verdad no podía creerlo, él de policía, acaso no se acordaba de las veces que nos había corrido la policía por estar robando mangos y patines en las quintas de los ricos, no se acordaba del día en que nos agarraron, nos dieron rolazos y después nos llevaron al comando, allí nos humillaron poniéndonos a limpiarle los zapatos a varios policías.

No, no podía ser posible. A mí en verdad no es que no me gustaba la policía, pero a esa policía que yo conocía la aprendí a odiar y no por gusto, él tenía que saberlo, ¿por qué no se buscaba otro trabajo? decía yo, cuando el me sacó de mis pensamientos, diciéndome: «Y bueno, ¿qué te parece?». «Bueno vale, la verdad es que...» pensé un momento, no sabía como le iba a caer lo que yo le diría, pero tenía que decírselo, me tomé otro trago de cerveza y le dije: «a mí en verdad no me gusta nada la idea, y tú sabes mejor que yo el porqué. A mí no me gustaría tener un amigo en la policía». El argumentó y yo le contradije, la discusión se tornó acalorada y fue entonces que yo le dije: «Mire compadre, no es que estemos entre palos, pero si usted se mete a policía, conmigo no cuente como su amigo, yo lo seguiré tratando como siempre, pero no va a ser la misma confianza ni el mismo cariño y usted sabe que a mí me duele que jode, porque usted ha sido uno de mis mejores amigos». El trató de calmarme diciéndome que eso no podía ser así, que teníamos que seguir siendo como antes.

En serio, me sentía mal, nunca antes me había sucedido una cosa así, yo ya no le escuchaba, en eso, llegaron otros amigos, cambiamos de tema, recuerdo que nos tomamos otras cervezas, no sé cuántas, lo cierto es que llegué mareado a mi casa y me acosté.

Así fue pasando el tiempo, a veces nos veíamos y nos saludábamos, yo ya sabía que él trabajaba en la policía, pero la cosa no era como antes, es verdad que a veces nos parábamos a hablar; pero nunca tratábamos el tema.

Yo por mi parte me había dedicado al trabajo sindical.

Un día fui nombrado delegado por mis compañeros de trabajo, ese día me sentía feliz, pero sabía que tendría más responsabilidades, pero eso me gustaba, luchaba por mejoras para mí y mis compañeros de trabajo. En realidad me sentía muy bien.

Ese día llegué temprano a mi casa, me bañé y me vestí, comí y salí a la calle, me paré en la esquina en donde siempre nos parábamos algunos amigos después que llegábamos del trabajo, del liceo, y uno sólo que iba a la Universidad, y que no le daba pena pararse con nosotros en la esquina, como siempre lo había hecho desde muchacho, porque debo decir que había algunos que no se reunían como antes, no sé por qué, quizá era porque les daba pena o no sé.

Cuando él llegó yo estaba solo y lo primero que se me ocurrió fue contarle que me habían elegido delegado en la fábrica, cuando le dije, cónchale vale sabes que... en ese momento me acordé y me callé, pero él se dio cuenta que quería decirle algo y me dijo: ¿qué me ibas a decir? y yo le contesté: ah, bueno, lo que pasa es que no quería decírtelo, pero mira mañana hay una fiesta en casa de fulana, pero tú sabes, yo ando pelando y quería saber si tenías una chaqueta más o menos para que me la prestaras... él se quedó un rato pensando y luego habló. «Qué va chico, no tengo, si no, tú sabes»; bueno no importa le dije y seguimos hablando de otras cosas comunes y corrientes.

¿Qué me había pasado? ¿Por qué no se lo había dicho? Nada podía pasar y era verdad, él se hubiera alegrado, me hubiera felicitado y hasta me habría brindado una cerveza, que hacía tiempo que no la tomábamos juntos, sin embargo, yo, rápido, olvidé el asunto y los días siguieron pasando.

Yo, lo sigo viendo, él está aquí conmigo, se ve triste. ¿En qué pensará? ¿Pensará en lo de ayer? Si, lo más seguro es que piensa en lo de ayer. ¡Que día! Creo que lo recordaré toda mi muerte, como si fuera ayer, todo lo teníamos preparado, hacía una semana estaban las pancartas listas, los cartelones se habían pegado, las «pintas» se habían «tirado», los volantes y los comunicados anunciando la marcha se habían repartido, todo había funcionado, pero ayer en la mañana cuando salimos del sindicato, permiso de la marcha en mano, todas las brigadas de orden funcionando, todos bien formados para evitar desorden comenzamos a gritar nuestras consignas, todo lo que pedíamos eran mejores condiciones de trabajo, mejores salarios, ya habíamos tomado la avenida; era un hormiguero de gente de todos los colores, distintos uniformes, distintas pancartas, y, esa mañana, con ese sol, ¡qué sol! provocaba estar en el río bañándose y no manifestando. Pero así debía ser, era así como podíamos conseguir lo que nos pertenecía, creo que habíamos avanzado un buen trecho, nuestras voces se escuchaban roncas pero potentes. De pronto los vimos, eran ellos, con sus uniformes, sus escudos y sus bombas, y sus pistolas y sus «fales», estaban parados frente a nosotros a prudente distancia, luego un oficial ordenó detener la marcha, uno de nuestros dirigentes salió a parlamentar con ellos, no sé de qué hablaban pero nuestro compañero se veía muy molesto, algunos grupos empezaron a vocear una consigna, lentamente se fue haciendo general, parecía una sola voz, un coro de orquesta: las calles... son del pueblo... no de la policía... Nuestro compañero le señalaba el papel al policía en donde constaba que teníamos el permiso para la marcha, pero el oficial se retiró, los rostros sudorosos y ansiosos esperaban una respuesta, nuestro compañero se montó encima de un carro y desde allí se dirigió a los manifestantes: «Tenemos permiso... vivimos en un país en donde deben ser respetadas las libertades porque así lo pregona el gobierno». Su voz se escuchaba vibrante en medio de aquel torrente humano que a medias escuchaba. Compañeros, debemos decidir, la razón nos acompaña...Debemos llegar hasta el Ministerio del Trabajo, el permiso está conseguido... De pronto se escucharon disparos, la gente gritó desesperada, nosotros tratábamos de calmarlas, pero se hacía casi imposible, la impotencia era todo en aquella masa humana que antes de huirle a los policías parecía correr en contra de un destino que hace mucho tiempo les hostiga y persigue. La policía repartía rolazos a diestra y siniestra al que lograba alcanzar, mientras que los disparos se continuaban escuchando, algunos grupos lograron organizar barricadas en carros o autobuses que ardían, o en los edificios en construcción, la lucha era desigual, los policías tenían las armas, nosotros el coraje de un pueblo con tradición de guerrero, eso, más las piedras y botellas que se recolectaban era todo lo que teníamos para defendernos; así estuvimos mucho tiempo, no recuerdo cuánto, yo estaba en aquel grupo de hombres sudorosos y bravos, en el momento yo me sentía valiente, pero a decir verdad por dentro me cosquilleaba el miedo, nunca había visto ni estado en cosa igual, era la primera vez y la última porque en ese instante llegó. Me quedé donde estaba, la sentí entrar en mi cabeza como un rápido y extraño corrientazo, luego caí, estaba muerto.

Pero es necesario decir, quién fue el que disparó... Fue él, sí, fue mi gran amigo, yo lo vi antes que a la bala, yo sé que él se hubiera aguantado si antes se hubiera dado cuenta de que era yo, de eso estoy seguro.

¡Espere!, afuera escucho un murmullo, hay mucha gente, ah ya sé, me van a enterrar, ya no lo veo más, ya me sacan en mi urna, afuera llueve, una lluvia lenta y fastidiosa, ahora escucho retumbar un disparo. Para mañana habrá un nuevo velorio, el de él.

LA BENDICIÓN

Me gusta este sol de la tarde, que me va llevando con los recuerdos hasta aquel pueblo que el petróleo inventó y en donde tú naciste, ¡¡troya y me lambo el Corazón!! ¡¡troya y me le monto en pelo a la Vieja goya!! ¿cuatro quiñe? lo llevamo y lo traemo ¿a dónde? hasta la casa del americano. A veces parecen pendejos los recuerdos, pero son. Como le pasan a uno las vainas, mi hermano querido. ¿Quién lo iba a pensar?, tú, tan carajito, cazando potocas por esos rastrojos, te fuiste sin decirle nada a nadie, con la madrugada colgada en la espalda y la bendición de la vieja metida en el mapire, buscando el sendero que en el mitin dibujaron.

Y siempre te lo dijeron, pero tú nunca le hiciste caso a nadie, eras así; no sé como, eras raro, no eras como los demás, y a lo mejor era por eso.

¿Te acuerdas de la primera vez que te mataron? ¡claro que te acuerdas! ese día la vieja lloró mucho y nos obligó a todos a ponernos luto, y ya cuando nos estábamos acostumbrando a no tenerte, te apareciste. Entonces nos acostumbramos a tu muerte, te fueron matando de pueblo en pueblo y fuimos conociendo lugares remotos, en madrugadas nerviosas, entre cuchicheos apurados y ojos que miraban a un fantasma que no daba miedo sino que relataba historias de cosas vistas y de muertos y de vivos importantes y ¡claro! también nos fuimos acostumbrando a los extraños visitantes de la noche que llegaban en tropel con los gestos que no eran de hombre, que preguntaban por todo y por todos pero más por ti; y la vieja, con el sueño nervioso llamándola a la cama le contestaba siempre lo mismo: «él no está aquí», «hace mucho que se fue, y nadie sabe de él». Pero mentira, nosotros todos sabíamos y era nuestro secreto más importante; algo así como cuando tenemos nuestra primera relación amorosa y queremos gritarla, pero no podemos.

Hace ya tanto tiempo de estos recuerdos que aún hoy me siguen llamando y vuelvo a verte frente a ella, sentado en torno a la mesa de planchar, escuchando con los ojos aquellas historias de pueblos inventados que se volvieron fantasmas; cuentos de pueblo que un día cualquiera, un Marcelino Cedeño le clavó unos cuatro palos y le construyó un rancho para vivir o para «mal vivir», como ella decía. Mientras nosotros nos dormíamos, tú seguías ahí, preguntando y escuchando de Juan Cuba y a lo mejor fue en una de esas noches que te fuiste, sin tiempo para planchar la ropa, y seguro que ella no dijo nada.

¡Pancho jolo... jolo yo!; y sigo nadando en este río de recuerdos en donde fuiste a buscar el mar y lo cruzaste para estar en medio de una guerra que no inventaste, y como cualquier quijote marchaste en defensa de la idea, ya no te acordaste de nuestro río o mejor dicho, lo hiciste más grande, hasta que nos llegó la noticia en una mañana de rayos de sol que penetraron por la puerta contando partes de guerra que hablaban de muertos y de vivos importantes que no mueren nunca, y que se le van metiendo a la gente hasta los huesos.

Ahora contemplo a la vieja en esta mesa de pan y sardina, y con los ojos me va rezando la misma bendición de hace treinta años.

LA VIDA ES UNA TÓMBOLA TON TON TOMBOLA

José del Carmen Pérez destapó la cuarta botella de ron J.Q. y luego de servir en los vasos de plástico de cada uno de sus amigos brindó por la alegría. Estaba alegre, y no era para menos, era el cuarto día de la asunción al poder del nuevo gobernador, quien en un decreto en extremo original puso fin a la tristeza de todos los habitantes de la ciudad, creando como reacción inmediata, una epidemia de risa que según la crónica tendrá su fin en los remotos tiempos futuros. La contagiosa alegría trajo como consecuencia el fresco pensamiento que durante siglos estuvo anquilosado en los cerebros cartesianos de los hombres que hasta esos luminosos días sólo habían aprendido a comprar y vender imponiéndose esta costumbre como máximo ideal humano.

Siguiendo al pie de la letra el singular decreto en una asamblea sin precedente en los anales de la historia, miles de poetas, cuenteros, imaginadores, pregoneros y cronistas, tomaron (aparte de licor) la decisión por unanimidad de execrar para siempre todo arte oloroso a tristeza y en una acción de imposible comparación, se recogieron todos los libros, periódicos, revistas cuadros, grabados y otras manifestaciones que en la humanidad habían reflejado infelicidad, después en un gran caserón llamado Ateneo fueron archivados y expuestos en vitrinas para que pudieran ser vistos por todos los habitantes futuros y supieran como se vivió antes del decreto y constataran lo desgraciada que hasta entonces, había sido la humanidad.

Antes de continuar narrando estos hechos y porque nada debe dejar de ser contado es bueno decir que nadie se supo explicar, por qué las antiguas autoridades llamaban Ateneo aquel adefesio, especie de barco en desamparo que desde hacia siglos sólo estaba poblado de telarañas y antiquísimos fósiles que ni siquiera la aplicación del carbono catorce podía precisar con exactitud sus edades y orígenes. Sólo un narrador oral basado en su portentosa memoria acumulada en siglos de hacer colectivo precisó que este caserón fue traído por los primeros invasores en un gesto de buena voluntad para impartir cultura, pero según se dice también, que afortunadamente la gente de estos lados estaba tan ocupada en sus propias imaginaciones que no prestó atención a tan prodigioso hecho y por lo mismo siempre fue visto como una extraña curiosidad anclada en la ciudad.

En esos mismos días una muchacha entusiasmada presentó al gobernador la brillantísima idea de abrir una oficina para la recolección de los sueños, la misma tuvo una alegre acogida por parte del máximo gobernante quien de inmediato giró instrucciones a sus acólitos para que estos dieran apoyo irrestricto al proyecto. Como por arte de magia desaparecieron las tramitaciones burocráticas que durante siglos tenían paralizada la gestión gubernamental emprendida por el primer dominador de aquél pueblo, que con el transcurrir del tiempo fue considerado como una antigua ciudad agobiada por el peso de la burocracia.

Todo fue diligencia, entusiasmo, y la joven con el vigor y la alegría propia de un caletero de Puerto Cabello emprendió sus actividades con un llamado por los medios de comunicación:

A TODA LA POBLACION

La Gobernación del Estado, en uso de las atribuciones legales que le confiere la ley y basándose en el decreto de la alegría, máxima norma del Estado, convoca a todos los ciudadanos a presentar sus sueños y proyectos por ante la oficina para el desarrollo y puesta en práctica de los sueños.

Luego se repartieron instrucciones escritas por el poeta Carlos Angulo, quien febrilmente trabajaba para que los sueños no fueran engavetados nuevamente.

Esta crónica no precisa hora, día, mes, ni año del extraño suceso, sólo se sabe que un poeta delirante y lenguaraz, narró para la posteridad los hechos que dieron al traste hasta con la misma oficina que un día una joven entusiasta de 25 años propuso al gobernador fuera creada.

Sólo los generales, doctores honoris causa, dictadores, expresidentes, ministros, senadores, diputados, magistrados, jefes de partidos, jefes de policías, diplomáticos, rectores, gobernadores, esbirros, averiguadores de oficio, académicos, filósofos de biblioteca, miembros numéricos de academias, sumos pontífices, cardenales, banqueros, industriales y todos aquellos que conducen y han conducido el poder, se negaron a presentar sus sueños, por el simple hecho de haber descubierto sin ningún asomo de vergüenza que no los tenían ni los tendrían jamás, porque durante sus vidas, solamente tuvieron necesidades y las más elementales: Comer, tirar, dormir, reproducirse y morir, en la más extrema de todas las soledades conocidas, sin que por esto sintieran placer alguno, además, la costumbre, les condujo a mirar el mundo en blanco y negro. Nunca supieron de claro oscuro, ni de grises, menos de rojos y azules mares cielos, y les aterró siempre, la posibilidad de los verdes y amarillo: todos poblados de pájaros y hojas.

Al principio, fueron pequeños grupos, enterados por las emisoras y los periódicos de sucesos que circulaban masivamente, después la noticia se generalizó y cundió por todos los barrios del sur, a la plaza de toros llegaron los colombianos vendedores de fritanga, bocachicos y verduras, luego los habitantes del Sucre, las Flores, Monumental, Bella Vista, Ricardo Urriera, las Lomas, Padre Seijas, Herrera Campins y a medida que el tumulto crecía la plaza de toros y sus alrededores empequeñecieron, la multitud entusiasmada y rebozante de alegría había superado a media mañana los modestos cálculos proyectados por la oficina.

En marcha, como un enjambre caminante, la gente se enrumbó al paso del baile de la hamaca amenizado por los tambores de San Millán y de Mariara.

Hacia la gobernación, en el camino, se sumaron, Los Taladros, 13 de septiembre, Francisco de Miranda, San Agustín, La Bocaina, y a medida que avanzaban de manera prodigiosa se iban cumpliendo los sueños, aun antes de haberlos inscrito en la oficina. Nunca se pudo explicar el extraño fenómeno, sólo los poetas Cristóbal Ruíz y Eduardo Taborda almacenadores de sueños rotos intentaron demostrar con un «ahora o nunca» el magnífico suceso.

Lo cierto es que José Tortolero soñó conque un día todas las fábricas se paralizarían y le permitirían salir una mañana asoleada a pasear por la avenida las Ferias con todos los carajitos y la mujer a comer y beber sin pagar, como ocurre con los artistas de las películas.

María del Carmen Pérez, soñó que un día saldría de un supermercado con una caja llena de corotos sin que la mirarán mal y lo más importante sin cobrarle. Cuando en la oficina se percataron del tipo de sueño expresado por los habitantes, inmediatamente emitieron un boletín explicando que todos aquellos sueños... relativos a satisfacer necesidades de comer, vestir, diversión, hacer el amor cuando plazca y como sea, podrían cumplirse sin llenar ningún trámite o requisito burocrático, por cuanto estos sueños no afectaban a los humanos por el contrario eran el producto de la mala distribución de las cosas, que hasta ese momento había privado, pero que la misma decisión de soñar expresada por las personas terminaría por eliminar la manera desigual de repartir riquezas en el mundo y de esta forma contribuir favorablemente con el decreto de la alegría, emitido por la gobernación.

Ante esta nueva información, el torrente humano aplaudió y gritó con una alegría tal que por los lados del Capanaparo las garzas inquietas alzaron al unísono el vuelo, dejando entrever un arcoiris de plumas que sin querer homenajeaba a la alegría.

A la altura de la avenida Lara, se sumaron los obreros del hospital Central, seguros ya que jamás gobierno alguno tendría potestad para botarlos y desampararlos, también se sumaron los llamados marginales de los alrededores, a los que nombraba la prensa de gobiernos anteriores, sólo, para acusarles de ser los causantes de los males propios y que algunos sociólogos bien pagados les señalaban su falta de solidaridad y comprensión para con aquellas promesas de buena vida hechas en repetidas campañas electorales por los candidatos de siempre.

La multitud era arengada por el profeta, Carlos rey de reyes, representante único y verdadero de Dios en la tierra. En sus alucinadores discursos anunciaba la destrucción de todo lo establecido por cuanto estaba preñado de perversidad y corrupción. La ira divina no esperaba más, pero esta vez el profeta no imitó a su homólogos con el ofrecimiento de vida eterna y cómoda en el cielo a la diestra del Dios Padre, sino que anunciaba un único gobierno presidido por él en donde las versos de Cruz Berbín se harían realidad impostergable y recitaba ante la muchedumbre enfebrecida: soy de los pendejos que todavía cree en el país del nunca jamás la redención de los pobres/ en ángeles de carne y hueso que escupen fuego/ en la música luctuosa de la metralla/ en el inalienable derecho del hombre a ser hombre/

Así mismo anunció para tranquilidad de las mayorías, que ya Dios no estaría más con nosotros por cuanto estaba ocupado sofocando rebeliones infernales en lejanísimas galaxias de sus vastos dominios, dijo también que el hombre tenía el tiempo suficiente para aprender a gobernarse a sí mismo y vivir en paz sin contradicción con el gobierno divino. Demostró por medio de complicadísimas operaciones matemáticas que los humanos del mundo trabajarían una sola hora y el resto del tiempo lo dedicarían a disfrutar sus placeres como mejor les viniera en gana. De cuando en cuando el discurso era interrumpido por delirantes ovaciones aprobativas, demostrando con esto que la hora de los profetas había llegado y que las profecías se harían realidad en términos inmediatos, por cuanto el futuro era un presente incrustado en los sueños de las mayorías, las cuales no estaban dispuestas a despertar nunca más de tan anhelado sueño.

TREMENDO GUAGUANCO

En la conferencia por la solución de todos los problemas de los países del tercer mundo, convocada con carácter de urgencia, los señores presidentes de todas las repúblicas añejamente constituidas, se presentaron formalmente vestidos con sus levitas de ocasión en el salón de los catorce soles.

Todos en perfecta formación y con un pulcro respeto por el protocolo establecido se fueron abrazando seriamente, hasta una hora después, cuando a los fotógrafos le dolían los dedos y párpados de disparar y enfocar imágenes que al día siguiente se proyectarían a todos los rincones del planeta como demostración palpable del gran esfuerzo realizado por los homólogos gobernantes.

Ya sentados, pidieron a sus respectivos maestros de ceremonia que les pasaran un par de lágrimas colocadas en un brillantísimo plato que para el evento fue traído especialmente desde la basílica de San Pedro, prestado por el Papa, quien con este gesto quiso demostrar que estaba dispuesto a colaborar en la solución de los problemas.

Cumplida la formalidad del acto los señores presidentes se colocaron las lágrimas en ambos ojos y todos lloraron al unísono por los pueblos que regía cada uno de los otros presidentes hasta que cansados de ofrecer declaraciones a la prensa de las bondades de los gobiernos que cada uno de ellos presidía, se dirigieron a otro salón donde brindaron, austeramente, con un millón de botellas del mejor whisky y, treinta y ocho gandolas de pasapalos traídos desde distintos parajes de la tierra, como un aporte de los pueblos del tercer mundo a sus abnegados gobernantes quienes departieron felices hasta el amanecer.

PUROCUERO

Te voy a contar esto no para que me lo creas, sino porque yo quiero contártelo.

Un día llego a la casa como todos los días, bueno no como todos los días, mejor digamos como todas las noches, porque como todos los días era como salía para el trabajo. Lo cierto es que llego a la casa como te venía contando; tú sabes, para donde va a coger uno después que sale bien cansado del trabajo, sino es para la casa.

Sucede que un día llego a la casa, me quito toda la ropa y me quedo desnudito, sin bañarme y sin nada me tiro en la cama y empiezo a tocarme por aquí y por allá y a sacarme bollitos de sucio de todas partes y a jalarme las bolas y en eso que me estoy jalando y rascando las bolas, (esa palabra, desde el punto de vista de la decencia es fea, pero no importa, ella también existe y tiene derecho a vivir así como viven los testículos, lo que pasa es que una es femenina y la otra es masculina, porque no se puede decir las testículas, aunque se pudiera decir «me estaba rascando las testículas», que es casi lo mismo como decir «idem las bolas», pero lo feo no es la palabra bolas, porque la gente normalmente dice las bolas de billar o las bolas criollas y así otra cantidad de bolas que no tienen nada de malo, pero en el caso específico de las que te estoy hablando, es decir de las bolas mías, no pueden ser nombradas en público, porque eso es caca, no se toca; es decir si se toca y a uno le gusta; sobre todo si son unas manos suaves y comprensivas, dispuestas a producir placer, porque si son las manos de un torturador que te agarra por las mencionadas lo que te provoca es mentarle la madre.

Bueno estábamos hablando de otra cosa y me perdí y eso que tú no me preguntaste nada.

Te decía que ese día empiezo a tocarme los pies y en la planta de los mismos, siento unas cosas duras, así como cuando a uno se le está levantando el cuero que es lo mismo que la piel pero un poco más duro y entonces me pongo a jalarme los pedazos de cuero y estos se vienen como retazos de tela, eso me gustaba porque no me dolía y al contrario me producía placer, un inmenso deleite, era algo del otro mundo, era como que una muchacha te dijera que sí, total que tú ni siquiera te lo imaginas, lo cierto es que me pasé un poco de tiempo en esa mariquera quita que quita pellejo hasta cuando me doy cuenta, y veo en el suelo una ruma de pellejos como del alto mío y empiezo a buscarme por todas partes y no me veo, y entonces cojo y me digo: adiós carajo! eso era todo lo que tú eras, tu sabes lo que es pasarse toda la vida trabajando para mantener ese poco de pellejo que no sirve para nada, sino para que se lo coman las hormigas, entonces fue cuando, miré la hilera de hormigas, que con rapidez increíble habían organizado el traslado de mis pellejos hasta sus cuevas, mira, aquello estaba negrito de hormigas, y por todas partes estaban cargando cueritos, bueno, como será que ahí no se salvaron ni el cuero de las téstículas que yo no sé ni porque te las nombré.

EL LOBO Y LA CAPERUZA

El día en que por intermedio de los télex, se pidió trasmitir al mundo entero la historia de la Caperucita Roja y el Lobo Feroz, los grandes consorcios madereros descansaron en paz, porque supuestamente ya nadie pondría coto al destrozo masivo de los bosques y reservas arbóreas en todo el planeta. Pero es mi deber como cronista presentar a ustedes la verdadera y descarnada historia de la Caperucita Roja y el Lobo Feroz.

Sucedió que en un bosque de este amado planeta vivía en perfecta armonía con la naturaleza, un joven lobo atlético y hermoso; su vida transcurría en la cotidianidad sorprendente de quien está seguro que todos los días serán nuevos y que siempre habrá un porqué para la alegría.

Precisamente en uno de esos días apareció en el bosque una mujer de edad indescifrable, carnes todavía duras y deseos de seguir viviendo. Esta se encontró con el lobo y sin mediar muchas palabras decidieron juntar sus soledades comprometiéndose con la vida. Después construyeron un rancho y se dedicaron a vivir como ellos mandaban.

Tomando en cuenta todas las crónicas anteriores, que se sepa, nunca antes hubo amor tan ruidoso y alegre en aquellos bosques como el que existió entre el lobo y aquella mujer, que años más tarde sería dada a conocer por la historia oficial como «La Abuelita». En sus días de lujuria, ella adoró su miembro en cuerpo entero y como dijera la poeta en su verso, lo comparó con una torre erizada en donde se podían posar las águilas y él admiró su sabia vagina de mil batallas.

Todo marchó a ese compás, a veces presuroso a veces lento, que suele marcar la vida de los enamorados.

Hasta que un día se presentó, plantada en sus 17 años la hermosísima María Rojas, mejor conocida en la historia como la Caperucita.

Esta se enamoró del lobo desde el preciso instante en que lo vio desnudo del ombligo hacia arriba, mientras este plantaba unos palos de yuca en el conuco. bastaron pocos saludos y miradas para que el lobo también se enamorara. Sin entender el porqué ni el cuando y en su contradicción se dio a vagar por el bosque sin rumbo fijo consumiéndole un deseo conocido; así permaneció insomne durante mucho tiempo. María, quien hasta ese momento se condujo por los caminos de la moral y las buenas costumbres, aprendidas en cientos de visitas a la iglesia, se transformó en otro ser; sus sueños dejaron de ser horribles pesadillas de diablos y dioses en eterna batalla para transformarse en hermosos pasajes de vida lujuriosa con el lobo. Lo sentía en su cuerpo poseyéndola toda, en una suprema orgía de poros juntándose y separándose interminablemente. Lo veía llegar desnudo del ombligo hacia arriba y entonces sin ningún asomo de vergüenza lo desvestía totalmente para extasiada contemplarlo en su exacta magnitud, después ella se dejaba despojar de sus pocas prendas para iniciar en medio del bosque una tormentosa batalla que sólo concluía al amanecer cuando por fuerza de la costumbre debía despertar. Así fue el inicio de los amores entre el lobo y la caperuza; sueños e ilusiones. Para ninguno de los tres fue fácil enfrentar la situación, pero por la sabiduría que da la experiencia, la abuela se dio cuenta de todo y habló con el lobo; este le contó lo que pasaba, y ella comprensiva le paso la mano, tiernamente por su pelambre y le dijo que no había problema, que ella entendía, que tal vez si ella tuviera otra edad... pero que todo estaba bien así y le explicó que la felicidad en cosas del amor no era eterna ni lineal como no lo era la vida, y que ella le daba las gracias por los ratos felices, después retozaron toda la noche pasando revista al pasado, sintiendo que nada había terminado y sí que algo distinto y hermoso comenzaba.

Hasta ese momento, esta historia no hubiera sido mas que un vulgar culebrón de la televisión a no ser por la aparición en escena de un personaje funesto que la historia oficial lo hizo pasar por leñador y que no era mas que el dueño de uno de esos consorcios internacionales dedicados a convertir en desierto todos los bosques de la tierra por el sólo afán de lucro.

Primero midieron todo, lo analizaron meticulosamente, precisaron las ganancias y pérdidas por segundos, días y años, después esgrimieron los sacrosantos derechos de la propiedad sobre la tierra, luego trajeron sus cuadrillas y sus máquinas y el bosque se inundó de ruidos extraños, y los ríos y los lagos dejaron de ser y el hambre se apoderó del bosque en nombre del progreso, hasta que el lobo no soportó más y decidió organizar a los hambrientos lobos y demás animales del bosque. Elaboraron peticiones esgrimiendo el derecho a vivir, fueron en comisiones hasta el gobierno central, pero nadie hizo caso, porque todos chupaban de la misma teta y sólo se acordaban del lobo en épocas de repartición del poder; es decir las elecciones, en esos días el lobo era transformado en «sacrificado productor de la patria», «pieza importante de la nacionalidad» «valeroso guerrero de la independencia, la democracia y la historia patria»… Y lo que parecía un derecho se transformaba en un deber «debes votar». Después vino lo del saboteo, el lobo se internó en lo más profundo del bosque y desde allí empezó a conducir las operaciones, las máquinas se descomponían, los obreros se paraban, los aserraderos se incendiaban y no había forma de cortar los árboles en paz.

Ante esta situación, los grandes consorcios organizaron (para justificar la muerte del lobo) sus campañas de desprestigio por los medios de comunicación que a la postre, también les pertenecían al igual que el gobierno y las iglesias y los congresos y las morales y las filosofías y las aguas y los burdeles. Tronaron por todo el mundo los anatemas contra el lobo «el lobo come niños», «hace jabón con los viejitos», «es ateo», «vive con dos mujeres», «está contra la moral y las buenas costumbres», «es incestuoso», «comunista», «subversivo», «encapuchado», «rebelde», «sandinista», «revulsivo», «Fidel Castro», «chavista», «ruso», «quiere acabar con la bella civilización occidental y cristiana», «es flojo», «poeta», «narcoguerrillero», en fin por el bien de nuestros eternísimos y sacrosantos intereses debe ser exterminado. Se elaboraron cientos de leyes, se esclavizaron miles y miles de lobos, se pronunciaron interminables discursos, justificándolo todo, se le pagaron a todas las eminencias grises para que describieran todas las bondades de nuestro amadísimo sistema, torturaron y asesinaron tantos lobos como fue posible, se diseñaron las más sofisticadas armas de guerra, se inventó la bomba atómica y los asustados gobiernos de la tierra llenaron hasta reventar sus arsenales de armas nucleares todas contra el lobo en nombre de dios y el capital. Mientras tanto, por los bosques, hambrientos, andrajosos, terribles y hermosos andan una legión de lobos y caperuzas predicando la buena nueva de un día feliz para todos.

Lo demás es el resumen de la historia oficial que ya todos conocemos.

ESTE ES EL CUENTO DE LA IGUANA AZUL

Al principio cuando la vi, me causó un gran asombro. Yo sabía de los sapos rojos con rayas amarillas en la espalda, y sabía de conejos verdes con orejas de ratón, pero jamás había visto una iguana azul. Fui hacia ella y la agarré, la llevé a la casa y la metí en una caja de zapato que mi mamá me había comprado en el otro diciembre. Luego salí contento, corriendo hasta donde estaba mi mamá, le dije que mirara una iguana que yo tenía, mi mamá estaba muy ocupada trabajando y me dijo que no la molestara, entonces le dije: es que es una iguana azul y me dijo: las iguanas azules no existen, y no molestes más que estoy muy ocupada, ve a jugar porai.

Cuando me dijo así, fui hasta la carpintería donde trabaja mi tío y le dije que viera la iguana que yo tenía en la caja, entonces mi tío me dijo que no lo molestara que estaba muy ocupado trabajando, pero yo le dije que era una iguana azul, entonces se rió y dijo: «estos muchachos si inventan vainas» y me contestó lo mismo que me había contestado mi mamá anteriormente, que las iguanas azules no existían. Después salí de la carpintería y fui por todas las casas del pueblo enseñando la iguana azul; nadie quería ver la iguana azul, porque estaban muy ocupados trabajando y además porque todos sabían o presentían que de existir una iguana azul ésta haría cambiar sus vidas para siempre, así que era mejor estar bien seguro que las iguanas azules no existían ni existirían jamás ni nunca.

Días después me preocupó cargar la iguana, porque no sabía de qué se alimentaba, intenté darle distintas cosas, hasta pensé que podía alimentarse de colores y le di una caja de prismacolor que mi mamá me había comprado para dibujar en el colegio, sin embargo esto tampoco sirvió. Una mañana la observé detenidamente como alelado, y descubrí que se alimentaba de pequeños rayos de sol, entonces cogí y le abrí a la caja varios huecos, por medio de los cuales la iguana empezó a alimentarse.

Así, fui recorriendo todos los pueblos, todos los países, hasta que recorrí el mundo entero. Nadie quiso creer que yo tenía una iguana azul.

Una vez me sentí cansado y viejo y me quise ir del mundo, con la iguana azul, quien ya había aprendido a hablar en mi idioma y yo en el suyo. Cuando estábamos a punto de irnos del mundo, un niño me llamó, observé que aquel niño tenía como siete años, es decir la edad de todos los colores, la misma edad que yo tenía cuando me conseguí con la iguana. El niño me dijo: señor yo quiero ver la iguana azul que usted carga ahí en esa caja, yo me alegré mucho y rápidamente abrí la caja y le dije: te voy a regalar esta iguana y el me dijo: no señor, yo no quiero esa iguana, ¿por qué? le pregunté, entonces me dijo: porque si usted me regala a mi esa iguana, yo me voy a poner muy contento y voy a ir corriendo a donde mi mamá a decirle que yo tengo una iguana azul y mi mamá me va a decir que está muy ocupada trabajando y que además las iguanas azules no existen y así mismo voy a ir donde mi tío y donde todas las personas del pueblo y donde todas las personas del mundo y todas me van a responder que están muy ocupadas trabajando y nadie va a creer que yo pueda tener una iguana azul. Yo. me quedé pensando un rato y le dije: no importa, de todas maneras es tuya, porque yo ya no la puedo cargar más, y le di la iguana, él la tomó en sus manos luego la abrió y a la iguana le salieron alas de muchísimos colores y se fue volando hasta que se perdió a lo lejos en el horizonte, entre el azul del cielo y el mar, quedándose en nosotros la posibilidad de lo imposible, el sueño intacto como el primer día en que me asombró encontrar una iguana azul.

EL CUENTO DE LA GENTE QUE VIVIO FELIZ EN UNA OREJA

Este era un pueblo como los pueblos que pinta Antonio Padrón, un pueblo, como San Diego, todo lleno de colores, un pueblo como todos los pueblos que tiene Venezuela, ¿Cómo les digo?; bueno, era un pueblo que siempre estaba lleno de sol y cuando llovía, los pájaros, la gente y todo el mundo se alegraba y se salían de las casas y se ponían a bañarse y todos los muchachos y muchachas abrían las bocas para que las gotas de agua se les metieran por todo el cuerpo y los terminara de llenar de alegría, así vivía aquella gente en aquel pueblo que no era más grande que un cuadro de Cristóbal Ruiz que los hace chiquiticos para que los colores y el sol no se le pierdan nunca.

Hasta que un día llegó una gente que no era de porai y sin decirle nada a nadie se llevaron la tierra; los ríos, los animales y las matas y los dejaron íngrimos y solos con una llorería tan grande que se escuchó en lo más profundo del universo. Mientras ellos lloraban, en el otro lado del mundo estaba sentado a la orilla de un camino un hombre que era chiquito, flaquito y con una cabecita como del tamaño de una fruta de capacho pero con unas orejas tan grandes que con una sola de las orejas podía escuchar todos los ruidos del mundo y no sólo eso, sino qué podía escuchar nítidamente todas las conversaciones de las personas en todas las partes del mundo, y más, podía diferenciar simultáneamente varias conversas y no importaba que fuera en cualquier idioma: wuayunaiki, hebreo, italiano, yanomami o wuarao. Su oreja era tan prodigiosa que los había aprendido de tanto escucharlos y lo que más le gustaba eran los cuentos que toda esa gente echaba y con los cuales se divertía mucho. Fue por eso que estando sentado a la orilla de aquel camino pudo escuchar el llanto de aquella pobre gente que se había quedado íngrima y sola con su solo llanto, entonces él pensó: si con una sola de mis orejas puedo escuchar todos los cuentos del mundo y todas las conversaciones y todos los chismes entonces pudiera ser que yo ayudara a esa pobre gente, y así lo hizo. Se fue caminando hasta donde vivía esa pobre gente y les dijo: «como ustedes no tienen tierras yo les ofrezco mi oreja para que ustedes siembren en ella todo lo que quieran». Entonces, la gente se contentó y empezó a trabajar en aquella oreja. Después que la prepararon empezaron a sembrar toda clase de semillas y sembraron papa, ñame, ocumo, plátano, naranja, cambur y todo lo que necesitaban para vivir, después que tenían todo sembrado se sentaron a descansar y en eso fue que se percataron y se dieron cuenta que en el pueblo no había río, y tristes, le dijeron al hombre chiquito que con qué iban a regar toda aquella tierra sembrada, entonces él contestó: «No se preocupen agarren uno de mis cabellos y colóquenlo encima de la oreja y frótenlo» así hicieron, en eso comenzó a salir agua de aquel cabello hasta que se formó un gran río con muchos ramales que fueron regando todo el sembradío y en cada uno de los ramales fueron naciendo peces de muchísimos colores que, como siempre estaban muy contentos, se la pasaban jugando y brincando, formando una gran ardentía que a la gente le gustaba mucho, y como todos eran pintores cada uno los pintaba como mejor les parecía pero como la oreja del hombrecito era demasiado grande éste les dijo a la gente: «Han cultivado parte de mi oreja pero todavía me queda otra parte ¿qué podemos hacer con ella?», entonces un muchachito que estaba ahí dijo: «¿por qué no criamos animales?» y así fue, trajeron de todas partes muchos animales: chivos, vacas, ovejas, venaos, tigres, lapas, chigüires y todos los animales que habían y los echaron en la oreja. Cuando se sentaron a descansar el hombre volvió a hablar y dijo: «ya tenemos frutas y animales y río pero todavía me queda una parte de la oreja en la cual podemos hacer otra cosa y otro niño que estaba escuchando dijo: «y por qué no hacemos un lugar en donde los abuelos nos echen cuentos y nos enseñen» entonces la gente, que siempre escuchaba con mucha atención lo que decían los muchachos se pusieron a construir un caney. Desde entonces todas las tardes, todos los pueblos del mundo escuchan la risa alegre de aquella gente que en una sola oreja viven felices porque como el hombre chiquito es muy caminador los lleva a pasear por toda la bolita del mundo, sin que nadie les diga nada ni les robe sus tierras, sus matas, sus animales y mucho menos sus sueños.

EL RECUERDO DE MARÍA QUE ERA UNA NIÑA MUY DULCE

A decir verdad María era una niña como cualquier otra, tenía dos ojos y en medio de cada ojo una parapara relucientemente negra.

Tenía una sola nariz y en ella dos huequitos chiquiticos como las puertas de las casas de las hormigas. De su pequeña cabeza de siete años se desprendían un sin numero de finísimos cabellos que de lo tímido que eran se enroscaban para que nadie les preguntara que de dónde eran o de dónde venían, pero se enroscaban tanto, que la gente pensaba que eran granos de pimienta de lo negrito que se ponían.

Además de eso, María tenía una boca y en ella dos labios del color de la patilla cuando está madurita y unos dientes blancos, pero dos de ellos, los del centro, eran un poco más grandes y según dice la gente que fue que se los cambió a un conejo por un manojo de hierbas, porque ella decía que los dientes de ese conejo y que eran muy bonitos.

Bueno, de acuerdo a nuestro cuento, María era una muchachita como todas las muchachitas de los cuentos, con la diferencia de que, a María le gustaban mucho los dulces y se pasaba todo el día comiendo dulce y dulce y dulce de todos los tipos, de todos los tamaños y colores, tanta era su manía que cuando veía una nube la confundía con un algodón de azúcar y le pedía a su papá que se la bajara y como su papá era tan consentidor iba y le bajaba la nube y María se comía muy contenta aquélla nube y le pagaba a su papá con un beso tan dulce que enseguida las hormigas hacían una casa en el cachete del papá de María.

Cierta vez el papá de María no se encontraba en la casa y María no tenía dulces que comer y como estaba totalmente desnudita se puso a verse el dedo gordo de uno de los pies y lo confundió con uno de esos caramelos que son bien gorditos y sabrosos, así lo fue imaginando hasta que como pudo se agarró el pie y se pasó la lengua por el dedo y lo sintió sabroso, le sabía a chocolate y empezó a comérselo con mucha alegría hasta que se lo comió todo, entonces empezó a comerse todos los dedos del pie hasta que se los comió todos y después fue comiéndose el pie y mientras más comía, más sabroso le parecía hasta que se comió toda la pierna y enseguida comenzó a comerse los dedos del otro pie y así hasta que se comió la otra pierna pero lo más interesante era que cada pedazo que se comía tenía un sabor distinto, tal vez era por eso que no se cansaba de comer. Así se fue comiendo y comiendo hasta que sólo le quedaba la cabeza entonces se comió toda la parte de arriba de la cabeza y la parte de abajo quedándole únicamente los dientes, entonces los dientes de arriba se comieron a los dientes de abajo y los dientes de abajo se comieron a los dientes de arriba y sólo nos quedó el recuerdo de María que era una niña muy dulce.

LADRÓN DE CREPÚSCULOS

Desde las tres de la tarde la cola cimbreaba más allá del portón de la empresa, hasta llegar a una inmensa valla que era contemplada por los de la cola con gran fascinación. Era una pintura en acrílico que mostraba una hermosa tarde y en letras cursivas bien timbradas «Crepúsculos Importaciones Exportaciones inc».

Cuando aparecieron los primeros crepúsculos la gente se alborotó, se inquietó en extremo y por más que los vigilantes privados trataban de calmar y mantener en orden la cola, no lo podían lograr. La gente se fue aglomerando mientras vociferaba: «a mí», «yo lo vi primero», «doy lo que sea», «yo estoy desde temprano», «a mí nadie se me va a colear», y así sucesivamente hasta que no se entendía nada en aquel tumulto, que como por arte de magia fue calmado con la voz de un señor bien vestido, que fungía como vendedor.

«Señores tengan calma, se atenderá uno por uno, mantengan la cola». El tumulto entonces se desmadejaba y apresuradamente entre uno que otro leve empujón rehacía el alterado cordón que desde hacía años se formaba frente aquella prospera y singular empresa, para comprar la contemplación de un crepúsculo que a decir de los viejos «ya no salen como los de antes».

Con la llegada de la noche la empresa corría sus inmensos portones, soltaba los perros guardianes, encendía los potentes reflectores y los vigilantes realizaban sus rondas como siempre lo han hecho desde que se fundó la empresa.

Esta historia comenzó hace ya muchos años cuando José, oriundo de estas montañas, tenía un tarantín donde vendía fritangas, sopas y jugos, hechos con verduras, frutas y animales de la zona, que compraban los cansados viajeros para calmar hambre y sed, y de paso, por las tardes, con la partida del día aprovechaban para contemplar los vistosos crepúsculos que el paisaje ofrecía sin cobro adicional.

En una de esas tardes, por aquellos lejanos días se presentó al tarantín un señor bien vestido y pidió lo que a la venta se ofrecía, comió y bebió hasta saciarse, luego pagó y se dio a caminar mirando a su alrededor como si buscara algo, hasta que aparecieron en formación los primeros crepúsculos en un juego de colores que se unían y se separaban como si se estuvieran besando, a ratos era un fuego intenso, que se desparramaba sobre las blancas nubes arropándolas y tiñéndolas, transformándolas en rosados puros o amarillos intensos que se movían a su antojo, fusionándose y separándose para ser otras, en otros colores, este juego duró hasta que ya no hubo más tarde, hasta que la noche lo consumió todo y José iluminó con unas lámparas alimentadas con aceite de higuereta, que producía una llama de un azul tan intenso que provocaba agarrarla suavemente con las dos manos y guardársela en el corazón.

Cuando el hombre regresó de su paseo forzado por la noche, le preguntó a José ¿y no los venden? ¿qué? preguntó José, «los crepúsculos», respondió el hombre bien vestido que a leguas se sabía era de la ciudad, José rió con ganas, y le preguntó ¿cómo se puede vender lo que no hemos hecho, lo que no nos pertenece?. El hombre tranquilamente dijo «igual que se vende el agua, los gases, los ríos, los mares, es muy fácil, no es nada complicado». «Será como usted dice, pero aquí no se le ha ocurrido a nadie» y así se despidieron.

Al día siguiente el hombre bien vestido regresó con otros hombres bien vestidos, comieron, bebieron y recorrieron el lugar. Como en un agraciamiento para con ellos, los crepúsculos de aquella tarde se manifestaron con mayor esplendor que nunca, al punto que se recuerdan como los más asombrosos que ojos humanos hayan visto alguna vez.

Los hombres ofrecieron a José comprarle el tarantín y sus alrededores, pero José se negó argumentando que él no sabía por qué, pero que eso valía mucho para él, los hombres no se inquietaron porque eran hombres de negocios como se supo después, llamaron a uno de ellos, quien con mucho cuidado puso atención a las instrucciones que casi en secreto le dieron, luego el hombre llamó a José, sacó una libreta y un lápiz y comenzó a explicarle por medio de los números y las palabras, lo que era a su manera de ver las verdaderas querencias, el hombre lo hizo con tanta habilidad que poco a poco José se fue enamorando de números y palabras que lo transportaban a lugares remotos, donde estaban ciudades que no hubiera conocido nunca en todos los años de vida de muchos hombres por lo grande que eran, supo de lenguas que su imaginación jamás dio para comprenderlas, se deslumbró con ríos, montañas, mares y desiertos, que claramente veía en los números y las palabras que el hombre colocaba en la libreta y en los oídos, por último el hombre ya vuelto de aquel viaje le dijo «nada de esto será posible vendiendo jugos y fritangas» y le ofreció una suma que rebasaba en mucho lo que José vendería en todos los años de vida que le quedaban.

José no salió de su asombro sino años después, cuando regresó al lugar y encontró la inmensa empresa en donde hoy trabaja dándole de comer a los perros y apropiándose furtivamente, de vez en cuando, de uno que otro retazo de crepúsculo, para contemplarlo a solas, y con la nostalgia, volver a aquel sitio en donde nada había que hacer para estar con ellos, y sin el temor de que a su edad lo sorprendieran robando.